
Hay innumerables e impropias clasificaciones de escritores que resultan
más o menos impracticables. Una de ellas, que no me parece del todo mala,
divide a los escritores en dos tipos. Los primeros tienen su escritorio ubicado
de tal manera que mientras escriben, miran hacia fuera por la ventana; entre el
escritor, el texto que compone, y lo que sucede afuera en la vereda, en el
patio o en el parque, existe una conexión inmediata, tal vez incluso una corriente
continua. El autor, como una esponja del entorno, absorbe; es a través de quien
se filtran las escenas, los pensamientos, los diálogos sin intermediación,
dependiendo sobre todo de las mareas, de las constelaciones de cuerpos celestes
y del tedio distendido que es desde siempre la madre o al menos el tío segundo
de la literatura. El segundo tipo de escritores necesita de una vista limitada
si no completamente cerrada; prefiere sentarse a un par de palmos frente a la
pared desnuda o, como en mi caso, frente a un estante con libros. Se trata de
autores que en general no saben qué hacer con lo que sucede a su alrededor ahora
mismo, en este instante; eso los distrae las más de las veces de sus corrientes
internas. Los escritores del segundo tipo clavan la vista en silencio en el
vacío; su método es la pérdida y la búsqueda de lo perdido, y no la pesquisa y
el descubrimiento de lo inminente. El autor como una ostra; diminutos granitos
de arena se adhieren a su concha y acumulan lentamente el nácar alrededor de
cuerpos extraños.
Esponjas y ostras. ¿Voyeurs y
soñadores? Quizá, pero entonces los voyeurs
van tras las perlas, y los soñadores sueñan con una fuerte correntada.
En mi caso no había ni perlas ni corrientes. Tan solo un escritorio
sobre el cual apenas había lugar para el ordenador. En el plato junto al
ordenador se secaba una pieza de pan a medio comer. La corteza reseca se había
humedecido apenas bajo el amarillo brillante de la manteca. Después de pasarle
el cuchillo, se abrían grietas en el centro del bolillo.
Si las miraba de un lado, reían; del otro, una mueca de tristeza. Cuando tomé
el bolillo –esa máscara del teatro antiguo, cráneo del padre de Hamlet o bola
de cristal leudada–, y lo estrujé suavemente en la mano, las grietas se
abrieron en una boca que canta, que grita o se asombra.
Un pequeño cuarto de trabajo, crisálida de papeles sin orden y pilas de
libros polvorientos en constante peligro de derrumbe. Incliné la cabeza y miré
las manchas de sangre que habían quedado en el cielo raso después de matar
mosquitos. En las paredes no podría haberlos descubierto, tan abarrotadas
estaban de libros y trastos. Dos excepciones: un pequeño espejito mexicano en
un marco desvencijado junto a la ventana del techo y un afiche amarillo de Literaturexpress
con los nombres de las ciudades europeas por las cuales pasaba el tren de los
escritores. Absurdo y locura.
Había una excepción más: el certificado de ayudante, enmarcado, que
hacía veinte años le había sonsacado a mi abuelo. El certificado tiene a la
izquierda del marco con forma almendrada una imagen de un herrero de pecho
desnudo, rodeado de herramientas de todo tipo, parado en un pedestal con la
leyenda SHS, rodeado de
símbolos de distintos gremios, cajas de panales de abejas y cepillos para
chimeneas, sombreros y campanas, reglas y relojes. Al pie del diploma siguen
los símbolos en fila: el cuarto desde la derecha tiene dentro de un círculo la
imagen de un pretzel y una porción de torta. A la derecha, en elegante
caligrafía inclinada, se completan los espacios entre las palabras impresas,
ambos registros son a la vez complementarios y extraños: de un lado el orden
sistemático de las palabras impresas; en medio, la siempre un poco torcida
escritura manuscrita.
La cooperativa de artesanos abajo firmante certifica que Matijas Zorec,
nacido el 15 de diciembre de 1914 en el municipio de Kog, partido de Maribor,
radicado en el municipio de Kog, partido de Maribor, ha aprendido el oficio de
panadería con el señor Matija Zorec en Sveti Rupret en Slovenske gorice,
durante tres años, desde el 1 de abril de 1929 hasta el 8 de septiembre de
1931, y ha aprobado con buen resultado la prueba de ayudante ante la comisión
gremial de pruebas de la Cooperativa de artesanos unidos en Sveti Lenart en
Slovenske gorice hoy, 6 de enero de 1932.
Con base en el informe de su maestro, el informe de la escuela superior
de artesanos de Sveti Lenart en Slovenske gorice y el informe de la comisión
examinadora, se expide este documento, se dispensa al antes mencionado y se lo
nombra ayudante panadero.
Sveti Lenart en Slovenske gorice, en el día 6 de enero
de 1932.
Firma ilegible del
presidente de la cooperativa
Recuerdo a mi abuelo como un señor cansino, de pelo blanco, parado ante
el armario lleno de corbatas que sólo usaba por excepción en alguna visita, un
señor que pasó su vejez encerrado en casa leyendo novelas baratas del Far
West y mirando televisión austriaca. La casa de mis padres estaba en
inmediata contigüidad de la de mis abuelos.
Para llegar a lo de Matijas sólo debía correr unos pocos pasos por el
patio ensombrecido por las imponentes copas de dos nogales centenarios, inhalar
tres, cuatro veces el aire que rodeaba por todas partes a mi cuerpito infantil
y tratar de abrirme paso, girar a la derecha casi sin disminuir la velocidad,
pasar junto a la fuente y las dos puertas que conducían al sótano, correr
arriba por diez escalones de cemento, colgarme con todo el peso del picaporte
espiralado y atravesar el pesado sonido metálico de alivio, con el que se
quejaba la cerradura de la gran puerta de entrada, dar tres pasos, colgarme del
segundo picaporte, esta vez revestido de plástico negro y atravesar el clic
mucho más pequeño e inocente de la cerradura de la segunda puerta al pasillo
interior.
El clic de la segunda cerradura no sólo era distinto del sonoro chirrido
de la primera, con el que estaba en estrecha proximidad; el sonido del pequeño
picaporte negro era lo opuesto del sonido del gran picaporte metálico. Mientras
el escalofrío del paso por la primera puerta aún retumbaba por el oscuro pasillo,
el discreto clic abría las puertas salvadoras al interior de la casa del
abuelo, a la seguridad y el refugio. El chirrido de la primera cerradura
resonaba hacia fuera, lejos, en un mundo que era el mundo trasegado de los
juegos de luces y estaba construido con dimensiones inconmensurables, entregado
a fuerzas que gobernaban según los dictados de leyes indolentes a los hombres.
El segundo clic resonaba hacia dentro, estaba siempre guardado en silencio en
las pequeñas puertas de madera de la casa del abuelo. Bajo la presión del
picaporte de plástico negro salía del vano, y como un mensajero secreto que con
su mensaje bajo la oscura capa parte furtivo por el camino, se alejaba por los
muros del pasillo, que como un caracol vuelto hacia la derecha se perdía en
tinieblas lentamente hacia la arruga interna de la casa, sin delatar nada sobre
ella.
Con este segundo clic de la cerradura mis padres nos dejaban a mi
hermana y a mí en las horas morosas de la mañana al cuidado de mis abuelos.
Cuando llegábamos, mi abuelo solía quedarse parado junto a la ventana. De
pantalones largos planchados con raya, camiseta y tiradores, miraba hacia fuera
detrás de mi madre, que iba haciéndose lentamente más y más pequeña en su
bicicleta hasta que su figura era apenas un fantasma diminuto que desaparecía
tras la curva. El se quedaba parado, mirando fijo, en parte la imagen cada vez
más pequeña de su hija mayor, en parte el reflejo de su rostro en el espejo de
junto a la ventana, que iba envejeciendo, y se afeitaba. O, indiferente,
desmenuzaba en su taza de café un trozo de pan que le había traído mi tío la
noche anterior de la panadería donde se lo ganaba. No me asombraba cuando algún
lugareño en Urban –o Destrnik, como hoy se llama el lugar donde vivíamos–, me
decía: ¡Pero si eres el hijo del panadero! Me parecía normal que me tuvieran
por el hijo del panadero, cuando había en la familia alguien que trabajaba en
la empresa estatal de Ptuj en la que se hacía el pan para todo Ptuj y para
buena parte de sus alrededores.
Recuerdo una sola vez que Matijas horneó alguna cosa, habrá sido unos
dos años antes de su muerte, o sea, en algún momento del año 1985. La
conversación dio lugar a la provocación, las palabras se anudaron alrededor del
abuelo y ya no quisieron soltarlo. Les dimos vueltas en la boca tanto tiempo
que de la rabia se arremangó la camisa blanca, espolvoreó la gran mesada de
madera de la cocina y a pesar de sus achaques amasó con movimientos rápidos y
precisos, cubrió la masa, más tarde la bajó otra vez y con dos o tres movimientos
que probablemente llegaban de algún sueño sin sosiego, formó bolillos y flautas
espolvoreadas con comino –salzstangerl, como él mismo los llamaba, y que
tanto le gustaban a su madre, Barbara, austriaca de Langenleus–. Seis años
antes de la caída de la monarquía, ella conoció en Viena a un oficial esloveno
del Ejército Imperial y Real, en 1910 se casó con él en Trieste, donde él
servía, dio a luz al primero de nueve hijos y le puso el nombre de su marido.
Cuando acabó la Primera Guerra Mundial, mi bisabuelo Matijas dejó la soldadesca
y ancló en el oficio que le permitió presenciar como maestro, veinte años
después, la prueba ante la comisión gremial de pruebas de la Cooperativa de
artesanos unidos de Sveti Lenart en Slovenske gorice, que concluyó con la
anotación de un par de palabras en el formulario del diploma de Ayudante
entregado a su primogénito, la amarillenta hoja de papel que ahora está colgada
en la pared de mi cuarto de trabajo.
Mientras escribo esto, me esfuerzo por que no me salten a la boca
fantasías que se despliegan en mis pensamientos, para poder reconstruir los
motivos por los cuales mi abuelo Matijas jamás hablaba de su oficio de
panadero. En contraparte, contaba siempre, y en apariencia sin ningún problema,
la incomparablemente más traumática movilización del ejército alemán. A diario
se sucedían los relatos acerca de los trenes alemanes, que en 1942 llevaban a
los jóvenes soldados al frente por las mismas vías que cincuenta y ocho años
más tarde zumbaban con la exótica expedición de escritores Literatuexpress
2000; contaba sobre dos buques de guerra en los cuales había navegado como
marinero por el Báltico y sobrevivido dos veces a sendos naufragios; había sido
dos veces uno de los apenas cuatro sobrevivientes rescatados después de horas a
nado en aguas heladas, contaba sobre su posterior deserción al ejército alemán,
su ocultamiento en casa, su partida con los partisanos, su primer trabajo
después de la guerra como hachero. Mi abuela se oponía rotundamente a ese
oficio. Cuando años más tarde contaba alguna cosa sobre su difunto marido,
negaba con la cabeza diciendo: “Todas las mujeres que le ofrecían comida al
pasar tenían el delantal demasiado sucio como para que él probara lo que le
ofrecían. Pero habría bebido de sus orinales si le hubieran ofrecido vino o
aguardiente.”
Que Matijas jamás hablara de sí mismo como panadero era tan
completamente obvio como el hecho de que antes del almuerzo diario, ante el
cual nos sentábamos con mi abuela y mi hermana menor, nunca siguiera la oración
con la que comenzaba la abuela; aún más, muchas veces me parecía que su rostro
huesudo aunque bondadoso dejaba caer alguna que otra frase muy despectiva
cuando el padrenuestro llegaba a danos el pan nuestro de cada día.
Su silencio era como las dos puertas del sótano junto a las cuales
pasaba cada día varias veces en el corto trayecto desde mi casa, a través del
patio, hasta la casa de mis abuelos. Aunque atraían mi curiosidad, pasaba junto
a las dos puertas sin abrirlas jamás, sin mirar qué había tras ellas. En casa
de mi abuelo, que fue la casa de mi infancia, había lugares a los que no
entraba, lugares que para mí estaban sellados y prohibidos: vedados aunque
nunca había habido ninguna prohibición explícita de entrar; aunque siempre me
tentó infinitamente, apenas podía fisgonear aquí y allá su interior en compañía
de alguno de mis abuelos.
La casa de mi abuelo, en el número 48 de la calle Vintarovci, fue
construida en 1878. Estaba dentro de la propiedad de los Potrč, que antes de la
Segunda Guerra Mundial tenían un molino a varios kilómetros del pueblo. En la
fachada hay una placa de mármol blanco que aún está colgada, con la leyenda: En
esta casa nació el doctor Jože Potrč, médico y comunista, luchador infatigable
por los valores éticos del socialismo. Otro Potrč, escritor de Ptuj, escribió
acerca de Jože –quien después de la Segunda Guerra Mundial fue ministro de
cultura y educación, ministro de salud y acción social, y hasta miembro del
Comité Central de la Liga de comunistas de Yugoeslavia–. Escribió con el estilo
distintivo de la politiquería, enfático y predigerido: “El hijo del molinero
blanco, como le decían en Janežovci al padre de Jože, ‘era el doctor del
pueblo’, el señor del pueblo, es decir, en el verdadero y noble sentido de la
palabra, un ser humano del pueblo, y ‘fue a estudiar para doctor’, para poder
ayudar al pobre pueblo en sus infortunios –por eso el señorío no lo soportaba,
y por eso lo persiguió y encerró–.”
Después de la guerra, Potrč se transformó en el padre de la ética socialista,
en particular la ética médica. La obra de toda su vida consiste en el primer
código de los trabajadores de la salud de Yugoeslavia dado a conocer dos meses
después de su muerte, en octubre de 1963.
Cincuenta años después, el lenguaje del hombre, cuyo nombre cincelado en
mármol blanco me miraba pasar todos los días cuando iba a lo de Matijas o
volvía, parece de otro planeta. Cuando leo: “la educación sexual debe servir
para la profundización de las relaciones socialistas”, a las cuales –y con
ellas al grado máximo del humanismo–, según Potrč, sólo es posible llegar “con
la completa conjunción del amor sexual y no sexual”, pienso sinceramente en el
dramatismo con el que tienen que haber soplado los vientos y los tiempos para
confiscar la lengua, todos los campos nevados y las costumbres, al punto de que
se nombre a las cosas de esa manera.
Pienso ante qué ideologías lingüísticas estamos ciegos hoy, porque
seguro lo estamos; eso si y sólo si la historia nos enseña algo. Ciego,
enceguecido o corto de vista por cumplir órdenes estaba Potrč cuando en el
invierno de 1951-1952 en su discurso de celebración de la semana de los ciegos
atacó a Edvard Kocbek. Acusó a Kocbek de ceguera moral y en su persecusión a su
antiguo compañero partisano desempeñó un papel parecido al de su tocayo
escritor de Ptuj. De manera encubierta, ambos separaron la paja del trigo
comunista.
La persecusión a Kocbek se desató justo cuando Matijas, que conocía a
Jože cuando aún era un abnegado médico local en motocicleta, acordaba con el
padre de Potrč la compra de la casa de mi infancia, a la cual le correspondía
también un pequeño terreno. La casa estaba deshabitada desde hacía algunos
años. Antes de la guerra ya funcionaba ahí la panadería. Durante la guerra la
habían transformado en un arsenal y una prisión. Un destino cínico hizo que el
levantamiento armado contra la ocupación nazi en la parte noreste de Slovenske
gorice haya tenido su primer apogeo con el ataque partisano a la casa natal del
futuro padre de la ética socialista la noche del 7 de junio de 1942. En el
travesaño superior de la cruz de hierro de la ventana tras la cual se afeitaba
mi abuelo todas las mañanas después de la guerra y tras la cual cada mañana
vivía mi soñadora infancia, hay un orificio que dejó uno de los proyectiles
partisanos disparados durante el ataque al arsenal. Después de la guerra
siguieron dos intentos infructuosos de reanudar el funcionamiento de la cuadra
de panadería. Luego llegó mi abuelo con poco dinero, su mujer, un hijo que se
llamaba igual que su padre y que él mismo, y una hija que se llamaba Kristina
como mi abuela. Y con el certificado que en mi cuarto de trabajo en Ljubljana
cubre la pared blanca.
Lo blanco vincula el mármol, las paredes, el papel y el pan. En la
harina desaparecen los dedos, salen letras, lo blanco aparece ante mí en la
pared. Hay una prueba muy antigua. Hundimos levemente los dedos en la masa
levada. Si la huella desaparece después de algunos instantes, la masa ya levó
por completo. Si la palabra que escribo es palabra presente y a la vez
mesurada, aparentemente palabra perdida, palabra en equilibrio con alguna otra
palabra que escribo, si los despeñaderos de sus significados están nutridos, si
la superficie del significado, que se viste como la piel a través de las
letras, es elástica y tensa, si ante la presión vuelve sola a su lugar,
entonces el texto es sabroso. Blanco.
Dos puertas como dos temores. Para llegar a lo de Matijas sólo debía
correr algunos pasos, exhalar tres, cuatro veces el aire que ardía en los
pulmones como en un horno, quería reventar el cuerpo, salir de las venas, los
poros y la cabeza y las puntas de los dedos, correr por el patio ensombrecido
por las imponentes copas de los dos nogales, girar a la derecha casi sin
disminuir la velocidad, pasar junto a la fuente y las dos puertas que conducían
al sótano. Detrás de la primera estaba la prensa, un espacio enorme lleno de
trastos, con una luz mortecina que entraba por el vidrio sucio de la única
ventana; del techo colgaban densos cortinados de moho y telarañas. Detrás de la
segunda estaba el depósito de leña y carbón. Cuanto más me adentraba en ese
lugar, más negro y frío estaba. Cuando niño sabía que ese lugar no tenía fin,
que seguía bajo la tierra al otro lado del mundo, donde todo está limpio como
de nuestro lado, pero cabeza abajo, mundo al revés, mundo errado, no mundo.
En la oscuridad había un espejo, y la oscuridad estaba ahí para que en
el espejo que nos mira sin cesar no nos viéramos a nosotros mismos.
Esta segunda puerta del sótano servía durante la Segunda Guerra Mundial
como puerta de una de las habitaciones del arsenal destinadas a los
prisioneros. Los datos sobre los detenidos, torturados e interrogados no se
conservaron. El ataque de la compañía de Slovenske gorice no fue victorioso. No
lograron salvar a los compañeros trabajadores detenidos Marija y Franc Rajšp ni
a Vincenc Fric, que murieron todos más tarde en campos de concentración. Sólo
se conservó el olor a moho, el eco silenciado de los pasos de los transeúntes
por la calle del otro lado, la voz muda de los otrora detenidos, que se posó
como un hongo en la pared, en la oscuridad de los muros y que suscita en el
recién venido –tras el cual podría cerrarse la puerta por una corriente de aire
o por una broma o por el terror, y dejarlo por un momento en penumbra–, la
urgencia de repetir en voz baja para sí el ¡ayúdame! de los prisioneros.
La primera puerta del sótano era la puerta de la cuadra de la panadería.
El horno, que junto con el terreno compró en cuotas mi abuelo en el año 1952,
se llamaba horno panadero de Štajerska. En él entraban de una sola vez sesenta
kilos de piezas de pan y su cavidad aún estaba recubierta de arcilla. Ni bien
se reabrió la cuadra de la panadería, apareció una oportunidad excepcional. En
la panadería Drava, de Ptuj, estaban por cambiar el horno y por eso vendían el
horno radiante de fabricación alemana. A diferencia del de Štajerska, que se
alimentaba por adelante, el fogón del horno radiante se alimentaba por atrás;
el calor se esparcía por las tuberías alrededor del horno, en el cual entraban
de una sola vez hasta 110 kilos de pan. En casa de mi abuelo lo instaló el
hornero Škrget, de Maribor, de quien se decía que hacía su trabajo en forma
magistral, y nunca faltaba el comentario de que en una semana, que es lo que
duraba su trabajo, se despachaba medio cerdo y lo regaba con una barrica de
vino de Šmarnica.
Dos aprendices, mi tío y mi abuelo, horneaban, y por la mañana repartían
el pan en los pueblos vecinos. Me imagino la frescura del rocío matinal, el
ulular del mochuelo en el valle, las estrellas, que de un momento a otro se
apagarán, los primeros grillos. En el patio, ante la puerta de la panadería, mi
tío, con apenas 15 años, se carga a la espalda una cesta tejida con 25 kilos de
hogazas y 30 kilos de bolillos, y parte a Vitomarci, a 12 kilómetros. Tiene que
llegar a las 8, cuando abre la panadería de allá. Mi abuelo se sienta en su
motocicleta –cargado con una cesta igual–, y sale hacia Trojica; en el camino
de ripio saltan las piedras detrás de la motocicleta, en las granjas linderas
la gente se da vuelta para mirar el haz de luz en medio de la noche. Me
imagino: un cielo de cristal de hielo, la penumbra desparramada en miles de
estrellas, la nieve intacta que sostiene los pies de mi tío, sin que se hundan,
las nubecitas blancas del aliento que salen por debajo de la bufanda; Matijas,
que con su motocicleta sigue las huellas resbaladizas de la senda, el frío que
muerde como una rata hambrienta, el traqueteo del motor, la luz mortecina que
proyecta la sombra de los cristales de nieve centelleantes por las praderas
nevadas.
Imagino a todos los otros repartidores, a Ignac el de los Bračič, que
cada dos días llevaba el pan en carro a Selci. Imagino a Franc el de Lovrenčič,
a Janez el de los Bohl y a los dos Ernestos, de los Urban y de los Mesarč, que
por llevar una cesta de pan a 15 kilómetros los domingos,
recibían a cambio dos cajas de cigarrillos baratos y una pieza de pan bajo el
delantal. Traer un pan fresco a casa significaba traer un kilo entero de
orgullo.
Imagino el gentío después de la misa del domingo, cuando la gente salía
de la iglesia y se arremolinaba en la panadería. Recuerdo los pancitos del
abuelo, horneados sólo y únicamente después de largas horas de insistencia,
provocación y súplicas. Él de ningún modo quedaba satisfecho. No hay buena
harina, decía. No hay buen aceite, refunfuñaba. Los bolillos se untan con
aceite de colza, esto les da su sabor y brillo particular. Pero en los años
ochenta ya no teníamos aceite de colza. Como ya no había desde hacía mucho
huevos de Truman.
En los años cincuenta, Yugoeslavia recibía la ayuda de los aliados. A la
panadería, además de unre, harina blanca californiana, llegaban envíos
de huevos en polvo, llamados con el nombre de su remitente, el presidente
estadounidense Truman. El polvo debía usarse rigurosamente sólo para el pan que
iba a las escuelas. Pero cuando el abuelo no estaba en la panadería, mi tío y
los aprendices traían la sartén que escondían tras el horno, mezclaban huevos
de Truman en polvo con un poco de agua y hacían un panqueque grueso en aceite
de colza dentro del horno radiante.
Vinculada a los hornos había una incesante lucha por la harina. El
estado ajustaba cada vez más su política impositiva hacia las pocas empresas
privadas que quedaban. Se ordenaba la provisión regulada de insumos a precios
que obligaban a los privados a dejar de producir. A Matijas le correspondía un
cupo determinado de harina del productor estatal Intes. Algunas veces al
mes llegaba desde Maribor un camión con 90 bolsas de 60 kilos de harina. Por
otro lado, el abuelo aún estaba pagando la propiedad a los Potrč. Los intereses
subían, los viejos acuerdos habían cambiado después de la muerte del padre de
los Potrč y el abuelo estaba en graves aprietos económicos. Lo que siguió fue
comprar la harina en el mercado negro, traerla por la noche, esconderla de los
inspectores, que por suerte se olvidaban de mirar bajo los escalones que
entonces iban desde la cuadra hasta la tienda, y hoy, como una forma de
recuerdo, están tapiados bajo la alacena de mi tío, que aún vive en la casa del
abuelo. A la vez se hablaba de expropiaciones, de colectivización, de la ética
económica del socialismo. Pero en cuanto a eso, Matijas siempre callaba. Era un
hombre callado; callaba acerca de su interior; en su aspecto exterior era cada
vez más silencioso, tenía el rictus de la decepción pintado en el rostro.
¿Existe acaso una política del silencio? ¿Quién escucha la respuesta del
silente? ¿Para algunos el silencio es sólo el espejo de sus propias preguntas…?
¿Ocasión del propio alivio, polígono de su egotrip?
Mis preguntas: ¿Qué le pasaba a Matijas al final de la guerra? ¿A quién
temía, por qué en los primeros meses de la posguerra ocultaba que había sido
partisano? ¿Qué pasó con su hermano menor, Fredi, que fue detenido varias veces
después de la guerra, torturado y que finalmente escapó a Alemania? ¿Por qué lo
detenían? ¿Por qué estuvo el menor de los hermanos de Matijas, Ernest, detenido
en la cárcel de Stari Pisker, en Celje? ¿Por qué el abuelo jamás hablaba de
estas cosas? ¿Cómo era Fredi? ¿Sería blanco, de harina? No, eso no, contesta la
abuela. Eso no, contesta el tío. ¿Qué pasó? ¿Estaba en contra? ¿O bien –lo que
entonces era probablemente suficiente–, no estaba a favor?
Las respuestas son silencio. El silencio es como pan viejo. De él nadie
osa decir nada, en silencio se lo engulle y se lo traga. Y los comensales están
cada vez más hambrientos y mudos.
Como el pan del que mi abuelo cortaba un gran pedazo con los dedos, lo
salaba y espolvoreaba con una gruesa capa de pimienta, hasta que bajo el negro
manto no podía reconocerse qué había abajo. Este pan era lo que más le gustaba
comer a mi abuelo en su vejez.
Recuerdo, dice mi tío, era en diciembre de 1956 antes de san Nicolás.
Teníamos muchos pedidos, teníamos que hacer mil cuatrocientos bizcochos con
forma de diablitos: parklji, para la mañana siguiente. Por la noche
armamos la masa y cortamos los primeros seiscientos, les dimos forma, les
pusimos las lengüitas, decoramos los cuernitos y estaban listos para hornear, cuando
afuera, en la entrada de la panadería, algo empezó a sonar. Matijas salió. Era
un invierno crudo, un metro y medio de nieve. En la blanca oscuridad estaba
parado el vecino del padre de Matijas, que vivía en Sveta Trojica, a 14
kilómetros. Ven ya mismo, tu padre se muere. Esta fue la primera vez que el tío
quedó solo a cargo de la panadería. Matijas les pidió a su hijo y los
aprendices que hicieran lo que pudieran y desapareció con el recién llegado
entre praderas nevadas de cristales de nieve centelleantes. Aquella noche murió
el hombre responsable por el certificado de ayudante que está colgado en mi
estudio; la mano de Matijas el viejo en la mano de Matijas el joven, una media
hora después de que este último llegara a Trojica, a la madrugada. Mientras
tanto, el trío de los jóvenes, con el más joven Matijas, hornearon mil
cuatrocientos bizcochos sin quemar ni uno solo.
Recuerdo, dice mi abuela, era enero de 1954. Afuera había mucho hielo,
soplaba un viento helado y tóxico. Habíamos traído a Kristika, mi otra hija,
del hospital. Nos habían dicho que no había nada que hacer. Que tenía la misma
enfermedad que acababa de matar al compañero Boris Kidrič. Y que Kidrič había
tenido al doctor Potrč y a su equipo, que había tenido hasta médicos ingleses y
americanos y no había habido nada que hacer. Probamos con Korošec, que por aquí
era un respetado médico naturista. Le dio a la criatura vino tinto en el cual
había que remojar un rato clavos oxidados. No ayudó en nada. El cáncer en la
sangre avanzó. Kristika estaba en cama, las últimas semanas quería ponerse a
toda costa el reloj pulsera de su tía. De pronto empezó a quejarse, mamá, tengo
calor, sácame el reloj. Se lo saqué y lo puse en la mesa de luz junto a su
cabecera. Después se quedó tranquila, pero luego de un momento arrojó la
frazada como en un espasmo. Todo su cuerpo temblaba. La tapé. Después de un
rato volvió a arrojar la frazada y así varias veces. Empecé a gritar, Kristika
se me muere. Todos llegaron corriendo desde la cuadra. Su hermano Matijas, con
quien esa misma mañana se había puesto a cantar canciones que habían aprendido
en la escuela, se arrojó al suelo y se puso a gritar. Kristika estaba tendida
con los ojos abiertos hundidos en la almohada. Al día siguiente, Matijas
descubrió que en aquel momento uno de los aprendices le había robado el dinero
que había dejado en la cuadra, pero nunca investigó quién ni cómo. Sólo estaba
un poco más callado.
Imagino: el silencio crecía por el rostro de mi abuelo como una sonrisa
muda y decepcionada ante la evidencia de su propia decepción.
Miro la pared blanca. Luego miro el lomo de los libros, pero no leo los
títulos. Sólo miro sin ver nada. Miro e imagino.
Imagino: la corrida de mi abuelo ante el llamado del vecino de su padre
en medio de la noche, la corrida ante el grito de su mujer. La corrida desde la
panadería al mundo externo. El mundo donde se morían, donde hacían
inspecciones, donde recaudaban impuestos, donde regateaban y sobornaban, donde
verificaban lealtad a las organizaciones políticas, donde con uñas y dientes
persuadían, seducían, eliminaban, regulaban, imprimían formularios,
certificados de ayudantes, declaraciones de impuestos, títulos de propiedad,
letras de cambio, certificados de defunción. Al mundo de las veloces palabras
preimpresas.
Dos sótanos, dos puertas. La primera puerta a la panadería, al mundo
interior. El horno como calor del mundo interior, como lugar donde al fondo del
sótano la harina sucia de centeno y trigo, los huevos de Truman, el agua
turbia, la sal en polvo, la levadura y el azúcar se vuelven como por misteriosa
alquimia, un alimento humeante y delicioso. En ese momento existe un único
mundo de ensoñación segura junto a la puerta abierta del horno, un mundo que
cuida que la masa no se enfríe en una corriente de aire, que las hogazas no se
doren exageradamente, que los bolillos tengan una terminación tersa. Toda la
libertad y el compromiso de esa forma de vida está aquí, en esta
transformación, aquí, tras esta puerta, ocurre en silencio y hacia dentro, arde
en la lengua de las llamas en medio de la noche.
Dos sótanos, dos puertas. La segunda puerta a la prisión, al frío, a la descomposición,
a la incertidumbre, a la posible perdición. La puerta a la oscuridad. La puerta
que significa el mal destino. Cavilación desesperada, quién dijo qué, quién
mintió, quién denunció a quién, quién, dónde, a quién. La puerta tras la cual
está la caída al abismo de las preguntas. No existe ningún otro mundo que valga
la pena vivir sino el mundo de afuera, tras esa puerta. Todo cuidado, todo
pensamiento, todo deseo de seguir viviendo está dirigido allá, a la puerta en
lo oscuro, con la esperanza de que se abra. Toda libertad se encoge ante la
imposibilidad de salir por esa puerta, ocurre como un puño cerrado en
desesperación, como un monólogo a media voz, como el gemido mudo, como delirio
y ajuste de cuentas.
Dos sótanos contiguos. El interior, que es en una apertura, en otra el
límite de la existencia. Apertura de la puerta que una vez significa la libertad,
otra la deportación. Dos puertas contiguas, dos misterios, dos sótanos, dos
imágenes, cavadas en mi infancia como los huecos de los ojos en el cráneo.
Forlenger es un germanismo que dejó de usarse cuando se acabaron las pequeñas
panaderías. Es el nombre de un palito de madera redondeado, de unos 30
centímetros de largo. Los panaderos hundían el forlenger en los pequeños
bollos de masa para hacer el tajo que divide al bolillo en dos mitades. Dos
mitades de un bolillo, dos sótanos, dos puertas de una casa. Muerdo el bolillo,
como, pronuncio lo que siento como si hubiera flotado largo tiempo en la cresta
del silencio. Pronuncio con la boca llena, con los ojos emocionados. Forlenger,
alargador. Lo que está antes, vor. Y lo que alarga, Länge. La
palabra conduce a un círculo, a un movimiento que se repite, a un alargamiento.
Dos partes, dos contrarios, dos puertas, dos mitades del bolillo, ambas
sustentadas en la otra parte, dos círculos unidos, un ocho y a la vez el signo
matemático del infinito.
Cada vez que hoy cruzo el patio, tengo que pasar junto a la fuente de
hormigón resquebrajada y las dos puertas del sótano. Mi tío cortó hace algunos
años los dos nogales centenarios. Quedaron sólo dos troncos vacíos, vigilantes
amputados ante la casa, que se cubre cada vez más de un manto de imperceptibles
campanillas de olvido.
En el año 1960 mi abuelo cedió por fin a la persuasión de mi abuela, a
quien varias veces le habían advertido por lo bajo que amenazaban con
nacionalizar la panadería y el predio. Mi abuelo desinstaló con sus propias
manos el horno radiante, el orgullo de su panadería, lo vendió en Križevci, en
Croacia. Con el dinero pagó las deudas y salvó el resto de la casa y el predio.
Durante un tiempo intentó adaptar el local de la vieja panadería para intercambio
de harina por grano, más tarde puso una pequeña tienda, pero el negocio nunca más prosperó. Pronto se quedó sin
trabajo. Se empleó como cargador en Ptuj, en la panadería estatal. Cada mañana,
con su motocicleta marca DKW, con la cual
apenas un año antes transportaba su pan, conducía a la ciudad a 10 kilómetros
de distancia. Parecía el par de alas negras de un pequeño cuervo sin cuerpo en
la enorme motocicleta, dice la abuela, cada vez estaba más huesudo.
Imagino: Matijas escucha en silencio a sus superiores, cumple con sus obligaciones
laborales, hojea las páginas de su libreta de aportes, cuenta los años, los
meses, los días hasta su retiro, que llega con anticipación. Una trombosis y el
daño parcial de las coronarias. Hasta su retiro estaba en su lugar de trabajo
siempre media hora antes de la hora de entrada. La puntualidad es su principio.
La puntualidad es el principio también de mi tío, que está empleado en la misma
panadería, en el horno. Es mucho más grande que el que alguna vez había en
casa, entran 300 kilos de pan de una sola vez.
A mi alrededor, en cada momento, está Matijas en alguna parte, va a su
sótano, desarma su horno, se despide de la alquimia, apaga el fuego, el fuego exterior,
el interior; vende el último ladrillo del horno, el panadero Matijas, que come
sólo pan ajeno, que está de pie junto a la puerta de un almacén ajeno, firma
remitos, hojas de ruta, revisa cuántas bolsas de pan se despacharon, cuántas
volvieron, asiente. Asiente. Afirma la protesta, sorbe a escondidas el
aguardiente casero que tienen escondido los empleados en el almacén. Calla.
Intenta pensar cada vez menos, recordar cada vez menos. Matijas, que intenta
sobrevivir, en silencio.
Masticar el silencio. Parado entre la ventana y el reflejo cada vez más
antiguo de las mejillas sin afeitar en el espejo mexicano. Esperar que en un
par de oraciones atrapadas, que nunca se desarrollaron en algo más, arda la
brasa. Que alumbre las dos puertas.
Traducción de Florencia Ferre
Aleš Šteger (Ptuj, 1973)
De S prsti in peto [Con dedos y talón], Ljubljana, Mladinska knjiga, 2009.