domingo, 12 de junio de 2016

Peter Svetina, Ayuda

Era miércoles.
“Vamos a ayudar a alguien”, dijo Huberto.
“Vamos, ya encontraremos a alguno”, dijo Marcelo.
Y se fueron.
La rana Zografos se preguntaba cómo cruzar hasta un nenúfar donde había olvidado su saxofón, que se alejaba cada vez más de la orilla. Justo entonces Huberto y Marcelo entraron en el agua. La superficie subió, y el nenúfar flotó casi hasta la orilla. ¡Hop! La rana Zografos saltó al nenúfar y tuvo de vuelta su saxofón. Huberto y Marcelo, entretanto, ya estaban a otro lado del riachuelo.
Ese día, la babuina Maximiliana estaba preparando mermelada. Ya había recogido casi todas las ciruelas, pero no podía alcanzar las que estaban en las ramas más finas y alejadas. Justo entonces pasaron por ahí Huberto y Marcelo. Como el camino era angosto, Huberto se resbaló por accidente sobre el árbol. ¡Paf! ¡Puf! ¡Paf! Cayeron las ciruelas al suelo detrás de él. “Qué torpe soy”, se dijo Huberto.
Cuando Maximiliana salió de su casita, la sorprendió cómo habían podido caer solas las ciruelas al suelo. Y entonces preparó dos ollas más de mermelada.
Y justo ese día las langostas Sofía, Teresa y Rebeca intentaban alisar la cancha de fútbol para poder patear la pelota. Pero no había caso, no lo conseguían. La tierra estaba tan blanda que las patitas se les enterraban hasta las ancas y aún más. En esta cancha no se puede patear la pelota. Y justo entonces pasaron por ahí Huberto y Marcelo. ¡Pum-pabum-pabum-pabum! Y siguieron su camino.
“Ji, ji, ji”, silbaron las langostas. “¡Apisonaron la cancha! ¡Apisonaron la cancha!”
Huberto y Marcelo pasaron por el riachuelo y se encontraron con el pelícano Ludovico. Estaba pintando a un trío de acrobáticos jilgueros. La calandria Patricia los miraba.
“¡Salud!” Saludaron Huberto y Marcelo.
“¡Salud!” Contestó Patricia. Ludovico y los jilgueros estaban demasiado ocupados como para advertir su presencia.
Por la tarde, Huberto y Marcelo se sentaron bajo el plátano y se pusieron a arrojar bolitas de barro al agua.
“Pero qué raro”, dijo Marcelo, “todo el día anduvimos dando vueltas y viendo si podíamos ayudar a alguien, y nada. No pudimos ir en ayuda de uno solo siquiera.”
“Tal vez somos demasiado torpes para eso”, contestó Hubert.
En eso llegó volando la calandria Isolda. “¿No vieron a la pequeña Patricia?”
“Sí, claro”, dijo Marcelo, “está mirando a Ludovico pintar, ahí en el arroyo”.
“¡Gracias!¡Gracias!” Grajeó Isolda y se fue volando.
“Bueno, al menos ayudamos a una”, dijo Huberto.
“Y sí”, afirmó Marcelo.

Después se dieron las buenas noches y se fueron a dormir muy satisfechos.

Traducción de Florencia Ferre

Peter Svetina (Ljubljana, 1970)
De Modrost nilskih konjev [La sabiduría de los hipopótamos], con ilustraciones de Damjan Stepančič, Ljubljana, DZS, 2010.

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