Quien lee La sabiduría de los hipopótamos teniendo en cuenta la segunda palabra del título espera probablemente algo sabio: que al enfrentarse a tales o cuales presiones la persona las eluda elegantemente, en silencio y dejando hablar a los demás. Digamos, por ejemplo, como cuando los hipopótamos Huberto y Marcelo reflexionan acerca de qué es lo más importante: “Llegó la zebra Tanami, de camino de la tienda se quedó charlando con los amigos: ¿Qué andan haciendo?, preguntó. Y… nada. Dijo Marcelo. Conversábamos un poco. Eso es lo más importante, dijo Tanami, y se unió a la charla.” Al menos por estas palabras, no hay ninguna duda de que la zebra Tanami es muy sabia… Hay montones de cuentos de animales, y no todos son buenos, menos aún sabios.
Los 21 minicuentos que componen el libro ilustrado La sabiduría de los hipopótamos son buenos y son sabios, y tal vez por eso no sería raro que el lector evocara al leerlos las historias de animales de Toon Tellegen. Los lectores del maestro de las miniaturas animales más encantadoras, inteligentes, algo extrañas y muy poéticas, saben por qué y cuándo aparece lo imprevisto.
Pero volvamos a Huberto y Marcelo, que en este momento están sentados a la sombra de un plátano, filosofan y arrojan al agua bolitas de barro.
En La sabiduría de los hipopótamos, de Peter Svetina y Damijan Stepančič, encontraremos un muestrario de inusuales personajes animales: los hipopótamos, un pelícano, langostas, un dromedario, un ñu, mosquitas y muchos otros. Y qué bueno, porque debo admitir que de osos y conejos envueltos en dulcificadas situaciones que se repiten unas a otras –excepciones aparte–, ya estaba un poco cansada, y no soy la única. Estos animales viven en un mundo en el que no hay seres humanos, por lo cual nos resulta casi ajeno: no hay frenesí, histeria o prisa, reinan sólo los objetos, y un estado de tranquilidad en el que los animales tienen tiempo de pensar, asombrarse, disfrutar y sentir. "Cuando llegó Marcelo, ya era de noche. Pero a los hipopótamos no se les hace tarde." Un sin tiempo sin tedio es propicio para que las mentes curiosas acuñen preguntas que a menudo son las que surgen siempre y a todos (sobre todo a los niños), de modo que podríamos suponer que las respuestas están también al alcance de la mano y son muy simples. ¡Ah, qué error! Pero si nos tomamos el tiempo necesario, antes o después las encontramos, si es que no caen por sí solas. Los cuentos celebran (y alientan) la curiosidad propia de los niños, que con los años se va escondiendo quién sabe dónde.
El lector adulto se sonríe todo el tiempo por la lógica particular de los animales, por sus ceños, fruncidos en medio de más o menos profundas cavilaciones, por sus interpretaciones del mundo y sus comportamientos, poco habituales, pero de ningún modo porque parezcan tontos o infantiles, sino porque se trata de un mundo imaginativo, feliz, extraordinario y lleno de frescura. El lector joven hará sin duda lo mismo, por las razones opuestas… todo le resultará atractivo y próximo. En el plano lingüístico, los cuentos son sencillos, las oraciones, cortas, claras, límpidas, como en las fábulas; los diálogos, de los cuales se desprende buena parte de la dinámica, son muy ingeniosos.
En suma, La sabiduría de los hipopótamos transmite cordialidad y naturalidad –sin una pizca de condescendencia o dulcificación–, y por supuesto, sabiduría, como anuncia el título, si no explícita, implícita. Y justamente en esto estriba el encanto de la (buena) escritura: decir sin decir, respirar y sonreír, con los hipopótamos o sin ellos.
Gaja Kos
De Gaja Kos, "Skrivnost nilskih konjev" [El secreto de los hipopótamos], en Sodobnost 4, 2010, pp. 582-583.
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