sábado, 28 de mayo de 2016

Dušan Šarotar, Quédate conmigo, alma mía

Alma es la palabra más bella que recuerdo de la infancia. Ahora parto, con un pensamiento que trato de alejar de mi conciencia como un pájaro invisible que me picoteara los ojos: es seguro que no volveré jamás, pues aunque dios me diera la esperanza de volver a ver el paisaje en el que tanta belleza se descubrió a mi alma –y sé que ese día sería feliz–, aquella belleza, sin embargo, seguramente ya no estará en mi corazón. Toda belleza perecerá; todo lo que he creado en la dicha, es pisoteado y enterrado.
Si alguna mano una vez encuentra una de mis imágenes perdidas y la levanta hacia la luz, como yo mismo, tímido y embelesado, lo hice mil veces con los primeros rayos de la mañana, sólo espero que en aquel vidrio finamente azogado vuelva a ocurrir el milagro que yo contemplaba con fruición infantil. Pues qué podría ser más bello para un hombre a quien le ha sido dado ver el misterio que se delinea en la oscuridad del mundo interior, como si se contemplara un sueño.
Busqué mucho tiempo un nombre para esta rara belleza que brillaba en el vidrio gris, hasta que escuché la voz, la palabra más bella que me enseñaron aquí: alma. Ahora quisiera pensar sólo en ella. Hasta que pueda atrapar la luz en el ojo o hasta que en alguna otra parte algún recuerdo me despierte la sensación de que hay belleza en otro lado, mi alma estará aquí. Cada vez que la penumbra plateada me enceguece, sin reflejo, sólo queda ese pensamiento ineludible, el pájaro que estoy dispuesto a recibir.
Que así sea, quédate conmigo hasta el final, alma mía.

1
Pasó toda la noche pensando en el barco que vería a la mañana siguiente por primera vez.
Era como si la gran expectativa que tenía dentro de ella le hubiera vuelto a abrir por un momento los ojos curiosos de la niñez, con los que alguna vez había intentado conjurar el mundo lejano, más bello y más justo, que yacía en algún lugar al otro lado del océano. Al menos así es como quería, en su alma inocente, retratar a su antojo las palabras que tantas veces escuchaba entre los adultos, que a menudo venían a su pequeño, invisible reino, insignificante para el mundo exterior, así se imaginaba las cartas en los grandes sobres blancos con una línea azul en el borde. También a ellos les había llegado hacía algunos inviernos –y dónde estará ahora aquella nieve, pensaba ella, fue poco antes de navidad, como ahora– una carta igual con una estampilla inusual. Estaba dirigida personalmente a su padre, lo cual mencionaba su difunto padre hasta bien entrada la primavera a los pocos visitantes que pasaban por su casa. Su nombre estaba escrito en el sobre con grandes letras, escritas despacio y con orgullo, como escriben aquellos para quienes la escritura no es una tarea cotidiana; sin embargo esas letras excepcionalmente bellas atestiguaban que habían sido escritas por una mano orgullosa, dura; una mano que trabaja duramente, pero que mueve un corazón tierno, en el que hace mucho palpita una nostalgia que no puede esconderse.
Sin embargo, ya no podía recordar a estas personas, aunque ahora quería tener consigo de nuevo todos aquellos rostros, vivos y muertos, para no estar tan sola en esta larga noche.
Pero se acordaba aún de todas las palabras, misteriosas entonces y tan bellas para su alma infantil, que su padre leía en voz alta a toda la familia, con algún pudor, serio, como si no leyera la carta de un pariente lejano que se ha acordado de él en un país remoto, sino como si en sus manos tuviera algo inventado, imaginario, novelas, como a él le gustaba llamar a estos escritos.

En general leía libros, habitualmente siempre compraba alguno. Cuando iba de compras a Sóbota, entonces con todo lo demás siempre traía orgulloso un libro a casa, pero exclusivamente de los libros para niños. Decía que era para mí, pero ahora sé que esto lo alegraba a él más que a nadie, recuerdo que siempre leía tarde por la noche, mucho después de que yo ya estuviera profundamente dormida.

A ella se le ocurrió, como una revelación, como algo que no iba a poder comprender, que esta era su pasión oculta: el tiempo que no tiene devenir.
Su padre era un hombre concreto, pensaba ella, inclinado a las palabras y hechos concretos. Los últimos años, había sostenido a la familia sólo con tallas de madera pintada, esculpía estatuillas, imágenes de santos, cruces para sepulturas, crucifijos domésticos, y también marquetería para armarios, respaldos de camas, y puertas de entrada, dios lo tenga en su gloria, murmuraba ella.
Para él hasta la Biblia era como una novela, en la que de todos modos creía, pues toda la terrible historia, que nos golpeó también a nosotros, querida mía, no puede ser simplemente inventada, me decía a menudo, a diferencia de los escribientes que hoy en día escriben fantasías sin corazón y sin fe.
El milagro es el amor que llevamos dentro.

“También tú, mi pequeña, debes llevarlo dentro,” decía en voz baja, muy baja, para no despertarme, por si dormía. Pero yo no dormía. Como no duermo ahora, como hace mucho no duermo.

Por aquella navidad, cuando llegó la carta, se acordaba ella, cayó mucha más nieve de lo usual; cubrió hasta las ventanitas de su cálida casa. Su padre empezó a palear nieve desde temprano y abrió el camino hasta el pozo y el establo, por último quitó la nieve de las ventanitas, y ella de nuevo vio su rostro con una sonrisa amplia, enrojecido por el frío, en el que relucían los bigotes helados. La estaba mirando con cristales de hielo en los ojos, hundido hasta el cuello en lo blanco, y la saludaba como si estuviera ya entre los ángeles sobre las nubes. Se le encogió el corazón al pensarlo, pero no había dolor sino calidez; estaba de nuevo por un momento con él y con aquella carta que tanto tiempo estuvo colgada sobre la estufa en un marco de madera con la fotografía de ella. Sólo esto le quedaba.
“Oh, dios mío,” decía ella, pero los labios estaban inmóviles, secos y helados.

Estaba acuclillada en el sofá del rincón, inmóvil, con el cuerpo tal como había quedado por la noche, contra el muro frío. Se parecía a las estatuillas de madera que su padre tallaba en otros tiempos. Con las manos endurecidas por el frío, envueltas en una larga pañoleta tejida, trataba de alisarse el pelo. Miraba por la ventana alta, rota, iluminada por la luz temprana que atravesaba la bruma sobre el mar. Bajo el alto cielorraso, como en las catedrales abandonadas de las que sólo había oído hablar, volaban pequeños pájaros.
Entonces se dejó oír por primera vez la sirena del barco, que estremeció todo su cuerpo. Sentía que había llegado el momento tan esperado, pero que ahora le provocaba verdadero temor. En la gran bodega donde habían encerrado a los pasajeros por la noche, seguía reverberando la primera sirena cuando se la oyó por segunda vez. Ahora el sonido, esa trompeta celestial que llamaba a la resurrección, estaba más cerca. Aunque hacía ya mucho que no leía la terrible historia, como decía su padre, ni escuchaba los sermones dominicales en la iglesia –así eran los tiempos actuales, decían muchos, más concretos, sin cuentos para niños– ahora la invadía el verdadero, real, piadoso temor, que no conocía hasta este momento.
Porque… qué puede ser más pecaminoso, si crees en el milagro del amor. Caminaba y navegaba en pos de este milagro hasta su muerte.
Fue hacia la fila larga y silenciosa de los iguales entre iguales y se aproximó lentamente hacia la luz fría que entraba por las puertas abiertas. Eran parecidos unos a otros, como si todos hubieran crecido en la misma gran familia, envueltos en sobretodos oscuros, cubiertos con gorras de lana, sombreros viejos, pañoletas usadas y pañuelos de duelo; con las manos heladas llevaban baúles de madera y ataditos, llenos de esperanzas y miedos solamente. Hablaban, pero nadie entendía a nadie, aquí, en este hangar helado, sucio de carbón, del que no podían huir ni siquiera los pájaros, se alzaba ahora el camino a Babilonia, porque aquí se escribía otra vez la historia terrible.
Si hubiera tenido adónde, habría dado la vuelta y habría huido, pero todo lo que tengo está aquí, pensaba, cuando salió a la luz.
Soplaba un viento helado que la calaba hasta los huesos, más hondo que las manos borrachas y groseras de la noche anterior, las que había olvidado en el acto cuando vio lo que le pareció el barco más grande del mundo. Tenía suficiente dinero para pagar el viaje y en la maleta que había hecho su padre con sus propias manos, un trozo de aquella carta y junto a ella una fotografía, nada más, pero era suficiente para terminar el triste camino que la traía hasta aquí, como esperaba, y casi suficiente para empezar un viaje del que no podía saber nada.
Sonó la sirena, pero ahora ya no le daba miedo. Sólo oía aún la campana del barco, que golpeaba en cubierta; intuía lo que significaba, aunque era la primera vez.
Fue con la multitud, se apuró por el puerto hacia el largo muelle sobre el que flotaba un humo espeso y sofocante de las altas chimeneas. El hollín se le metía por la nariz y los ojos, tal vez lloraba, pero ahora nadie notaba lágrimas ni risa; sabían que ahora sonaba sólo para ellos.
Se detuvo en el extremo del puente largo y angosto del barco, un tris antes de pisar la cubierta. Se volvió, vio tan sólo diminutas siluetas que corrían allá abajo en el imponente puerto. Todos tenían sombreros y gorras en las manos extendidas y saludaban insistentes hacia el barco que ya estaba temblando bajo los pies de ella. El humo rodaba lentamente en lo alto de las chimeneas, el viento lo traía en una larga y espesa línea hacia la bruma que se disipaba sobre el mar. En la oscura superficie rumoreaban remolinos y espuma, y ella sentía que el barco se elevaba, como si el monstruo fuera a salir volando hacia el cielo en cualquier momento.

Dejó la maleta sobre la cubierta y con la pañoleta de su madre saludó como si llevara el último adiós a la multitud que se alejaba lentamente. Entre ellos se agrandaba el mar.
Seguía saludando aún cuando la costa de su vida pasada se había escondido tras la niebla; le parecía -ahora que estaba parada junto a la barandilla, en lo alto sobre el mar que la había llevado a lo desconocido como una hoja de papel en blanco-, que el pasado se había escondido de verdad, había quedado en algún lugar lejano fuera de ella, pero aún no sabía que no podemos huir jamás de aquellos que llevamos dentro.
Miró durante mucho tiempo la línea invisible que separa la tierra del cielo. El viento y el rocío helado que venía desde el mar golpeaban su cuerpo cansado, pero a ella le gustaba, sentía una libertad que antes no había conocido. Sentía que podía volar.
Y no estaba sola, sabía que alguien en algún lugar la miraba, pensaba en ella, ahora que la llevaba el viento helado a través del mar embravecido.
Sentía la mirada que había buscado durante tanto tiempo. Tenía que ser algo más, un misterio que volvía a aparecer en ella.

Traducción de Florencia Ferre

Dušan Šarotar (Murska Sobota, 1968)
De Ostani z mano, duša moja, Murska Sobota, Franc-Franc, 2011.

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