“¿Qué hay en el mar?” pregunté durante el almuerzo. Papá y mamá no levantaron la vista del plato, el abuelo y la abuela se miraron furiosos. Por supuesto, la casa en la que vivíamos era de ellos, y de ellos era la cocina, de ellos también la mesa, los platos y el almuerzo. Y las palabras. Si tenés cinco años de edad, no tenés la palabra, mucho menos durante su almuerzo. Y no sos vos la que debería abrir el tema en las conversaciones familiares. Por eso el abuelo y la abuela se miraron furiosos. Porque estaban furiosos conmigo. Y con todo lo que no respetara sus bienes, en particular su propiedad, en la que de tan buen ánimo albergaban a los menos merecedores.
“Pero qué mar, ni qué…” dijo la abuela. “De dónde sacás esas cosas. Se te va a enfriar la sopa. ¿Y por qué de nuevo sólo comés los fideos y te tomás el caldo a lo último? Se come todo junto. Lo que se cocina junto, también se come junto.”
“No hay nada en el mar”, el abuelo apartó la boca del borde del plato, del que acababa de sorber con gran fruición justamente el caldo. “Nada que nos interese. Sólo calor, agua salada y piedras. De eso tenemos también en casa.”
Traducción de Florencia Ferre
Suzana Tratnik (Murska Sobota, 1963)
De Na svojem dvorišču, Ljubljana, Škuc, 2003.
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