Con la abuela habíamos estado de nuevo en la tumba de ese niño que nunca había sido nuestro pariente, sino el hijo que se le murió a una mujer, vecina en otro tiempo, que hacía ya mucho se había mudado a Austria. El niño había muerto de meningitis, porque entonces la gente aún moría de esa enfermedad; ahora se dedicaban más bien a otras dolencias.
Cuando dejamos el cementerio y emprendimos el camino hacia nuestra calle, que estaba, a decir verdad, tan sólo a diez minutos de allí, me quedé terriblemente sorprendida. A la abuela no le gustaba cuando me quedaba así, con la boca abierta como una idiota, absorta, mirando hacia el cielo.
―Mirá, mirá, ¿qué es eso ahí arriba?― pregunté.
―Nada― dijo de mala gana la abuela sin levantar la vista. ―Te va a cagar un pájaro en la boca, si no la cerrás ya mismo.
Pero cuanto más nos acercábamos a nuestra calle y a nuestra casa, más gente se paraba en las veredas, se cubría los ojos con la palma ante el sol abrasador de la tarde y miraba al cielo silenciosa y solemnemente. Algunos incluso puchereaban o se olvidaban por completo de cerrar la boca. De modo que también la abuela, a pesar de su renuencia y de su perpetua amargura, finalmente sí miró al cielo, y para su gran sorpresa vio que ahí arriba de veras había algo. Bueno, sin duda ya no podía ser nada demasiado especial –desde que, poco tiempo atrás, el hombre había pisado la luna sin por eso morirse– pero de todos modos era algo horriblemente extraño. Así que la abuela esperó un poco más antes de volver a mirar hacia el cielo sobre su calle. Observaba las miradas de sus vecinos, que estaban parados dispersos por la calle y los jardines como figuras infantiles congeladas, e intentó descifrar el enigma en los ojos que escrudriñaban lo alto, para poder entonces mirar por segunda vez hacia arriba con una explicación ya preparada. Aun aquellos vecinos de las religiones del sur, bueno, de religiones hermanas, miraban este cielo tan católico sobre la calle pequeña, como si hubieran olvidado dónde estaban las fronteras.
De veras había algo. Mientras caminaba, miraba todo el tiempo al cielo y me tropezaba –ahora ya nos habíamos detenido frente a nuestra casa, donde se había reunido toda la familia con el inquilino incluido–, y esperaba que algo sucediera, que se nos acercara aquella cosa blanquecina. Estaba más abajo que la luna, que ya hacía varias horas que había salido al otro lado del cielo de verano. Y era más pequeña, aunque exactamente igual de redonda y luminosa que la luna. Y de un blanco casi transparente. Como de las cortinas del dormitorio que ondulaban ante la ventana abierta; sí, de ese material. Aquí y allá me pareció que era posible ver a través de la esfera membranosa, dentro de la cual, sin embargo, oh sorpresa, no había nada. Si hubiera sido una pompa de jabón, o alguna otra burbuja, digamos, como la que se hace en la tina, cuando se forma espuma al lavar la ropa, ya habría reventado.
―¡Eh!, ¿cómo es esto, papi? ¿Creés que va a caer? ¿Qué te parece, papá?― le preguntaba a su padre, un borracho, el chico del vecino, que hacía tres días se había fumado por primera vez un cigarrillo detrás del garaje sin descomponerse. El padre le devolvió una mirada triste y burlona a su hijo tonto, porque frente a los demás jamás mostraba su ebriedad ni su ira. En casa ya le habría dado al chico una paliza y así lo habría silenciado hasta la mañana siguiente. Así que sólo le dijo lo que se podía decir en público: “Hijo, ¿no ves que está muy lejos y sin embargo es casi tan grande como la luna? ¿Cómo podría jamás caer a la tierra?” El padre soltó una risotada y luego le dio un codazo rápido e imperceptible en las costillas. Pero tan sólo tres meses más tarde, el padre caería tumbado por la borrachera apenas a unos cinco metros del bar, de modo que por la mañana su cadáver vomitado estaría a la vista de todos; el hijo, en cambio, más de seis años después, un poco por broma y otro poco por coraje, molería a palos a un compañero de escuela tartamudo y luego enjuagaría su conciencia con whisky importado. Sí, a aquel compañero de escuela que ahora estaba parado en la calle vecina sobre el estercolero (porque era el punto más alto de su terreno) para estar lo más cerca posible de esa cosa maravillosa en el cielo, con la esperanza de que su esencia lo despojara de algún modo de su cobarde tartamudez y se la pasara a algún otro, por ejemplo, al de ahí al otro lado del sembrado, a aquel estúpido y mugroso compañero de escuela cuyo padre era un borracho y un rufián.
No, pensé, algo aquí no anda bien; si esta burbuja está más cerca de la Tierra que la luna pero es más chica que ella, entonces no puede ser tan inmensa. Así que podría caerse acá nomás, en la calle de al lado (en esa en la que vive en una casa derruida un tipo roñoso que invita a los niños a tomar un roñoso té), pero en la nuestra ya no. Por supuesto que ni se me ocurrió explicarle todo esto al vecino borracho; es que al borracho no se lo puede convencer de nada, eso ya lo había aprendido en casa, eso de que el borracho tiene cura cuando se cae al barranco. Pero en los alrededores no había ningún barranco.
Mi abuelo estaba parado en el borde de nuestro jardín escudriñando inmóvil el cielo con las palmas sobre la frente arrugada. Me uní a él, contenta por la fiesta callejera; le salté a upa, rodeé fuertemente su cuello ulceroso con los brazos y apreté la cara contra su oreja fría; por eso mis mejillas buscan aún hoy estar cerca de orejas frías. A veces él tenía que sacarme de encima con firmeza, pero en ese momento, inquieta por la presencia de la burbuja pálida en el cielo, bajé al suelo sola. Y luego con nuevo entusiasmo corrí a la casa, tan rápido y sin detenerme que apenas alcancé a mantener el equilibrio en el angosto sendero de la huerta del jardín y casi pisé los brotes nuevos de achicoria, que ese año habían sido especialmente débiles. El abuelo maldijo y escupió detrás de mí, porque nunca le había gustado que “esa niña” correteara sin ver más allá de su nariz, como un lunático que se hubiera soltado de la cadena.
Y ya me había vuelto de la casa a la calle con la misma precipitación que antes; no, era peor... es que esa bendita niña con los binoculares rojos en las manos, de los que jamás aparta la vista no ve por dónde camina ni lo mucho que se va a notar dentro de un mes en la achicoria. Cuando le ofrecí los binoculares con aquellos ojos brillantes y atontados, el abuelo me miró como si nunca en su vida fuera a entender ese entusiasmo salvaje y enfermizo sin motivo alguno. Los agarró, los dio vuelta tres veces suspirando, como si estuviera comprobando su pulcritud; eran pequeños binoculares plásticos, de niños; luego les apoyó su gran nariz aguileña y espió a través de un orificio, pero tenía un rostro demasiado ancho como para mirar por las dos lentes al mismo tiempo. Eh, dijo enseguida, esto no sirve para nada, y bajó los binoculares. Como no apartaba los ojos de la burbuja, me arrojó los binoculares al pecho, un poco brusco: esto no sirve para nada, chiquita, tené, tomalos, yo veo mejor así, a simple vista. Cuando, con un ojo cerrado, volvió a mirar al cielo y se torció para el otro lado, desde el cual tal vez vería distinta la materia transparente del cielo, perdió un poco el equilibrio por primera vez a causa de un dolor breve y agudo en el talón derecho, que unos siete años después se propagaría en un cáncer de huesos al que, sin embargo, le bastaría poco más un año y medio para ser terminal. En ese momento sólo apreté ferozmente los binoculares contra el pecho, como si fuera yo misma la que me los hubiera arrojado al pecho, y no mi querido abuelo. Caminé para alejarme un poco de todos, hasta un gran trigal, y así poder disfrutar en paz de una mejor visión a través de las lentes. Luego de aquella vez, nunca más salté al regazo del abuelo; lo decidí por venganza, y de esa venganza estuve muy orgullosa por lo menos durante una semana. Algo menos orgullosa estuve de que mi abuelo no percibiera en absoluto la primera decisión de mi vida hasta su muerte. Luego ya fue demasiado tarde de todos modos.
“Dámelos”, dijo el inquilino, el hijo mayor de una gran familia de algún pueblo perdido del que jamás saldría nada bueno. “¡No te los doy!”, dije, y escondí los binoculares tras de la espalda. “Esto es mío, y no para alguien como vos”. La abuela siempre sabía exactamente qué les correspondía a los inquilinos y qué no les correspondía en absoluto, pero yo no podía comprender estos matices, que sólo entendían los adultos, así que en principio siempre desconfiaba del inquilino. Justo entonces me vio mamá, que estaba asomada a la ventana del dormitorio, pero a causa de su ensimismamiento por la esfera blanca del cielo esa vez no insistió en que debía prestarle los binoculares al inquilino. De todos modos, él mismo me los arrancó de las manos, y unos cinco años más tarde, cuando ya no viviera con nosotros, querría también arrancarse el corazón por una puta de la que se enamoraría y a la que le habría dado todo. Ahora sólo indagaba inútilmente desde dónde había llegado al cielo esa cosa, si acaso se quedaría ahí y estropearía la vista del cielo nocturno. Cuando dijo esto en voz alta, todos se le rieron. Y el inquilino se fue indiferente de vuelta a la casa ajena a ver las últimas noticias en un televisor que jamás sería suyo. Eso sin duda era típico de los inquilinos.
Se quedó la abuela, que quería reunirnos a toda costa para la cena y hasta la preparó sola, y esta vez el postre no fue tan sólo un insípido café con leche. La burbuja en el cielo la había enojado tremendamente. Pero todos estaban tan extasiados que nadie quería perderse la visión maravillosa de la esfera desconocida que resplandecía más y más a medida que oscurecía el cielo del verano tardío. Y yo misma me sentía dichosa de que el milagro hubiera ocurrido justo aquí, justo sobre nuestra calle, y no en vano alguno comentaba que habría que llamar a la gente de los medios. Pero otro opinaba que no tenía ningún sentido que la gente común se ocupara de los asuntos públicos y sola llamara a los periodistas para que le cayeran encima. Un tercero dijo que esto tenía que ver con los rusos, así que lo mejor era no saber nada.
“Qué mala señal, qué mala señal”, repetía la abuela mientras recogía los platos. Cinco años más tarde, con un derrame cerebral, se despediría de todos los quehaceres domésticos. Y lo peor es que no sería eso lo que la llevara a la tumba diez años y medio después.
Le dije a la abuela que quería salir, adentrarme en la noche, para ver la espléndida esfera lechosa. Ella estaba sentada, triste, con las manos sobre su regazo, y miraba hacia delante con los ojos entrecerrados. No me prestó atención. Cuando me ponía las sandalias en la entrada, me di cuenta por las palabras que murmuraba “así en la tierra, como en el cielo”, de que de veras rezaba con devoción.
Estaba parada en medio de nuestra calle de ripio que en la oscuridad del verano brillaba como la Vía Láctea en el cielo. No había ya nadie en ninguna parte. Sólo yo y la burbuja, más grande, más cerca, y más misteriosa. Hasta su color había cambiado, como si por la cercanía se hubiera vuelto más vívido, casi de un amarillo rojizo. Pero si la observaba con más perspicacia y sigilo y sin mirar directamente, seguía tan pálida como antes, transparente y lechosa, y me parecía que algo debía de haber adentro.
Al día siguiente me desperté al alba. Corrí afuera, al medio de la calle, pero la burbuja lechosa, la más maravillosa de las malas señales, ya no estaba en el cielo. Y todos se resignaron.
Traducción de Florencia Ferre
Suzana Tratnik (Murska Sobota, 1963)
De Na svojem dvorišču, Ljubljana, Škuc, 2003.
De Na svojem dvorišču, Ljubljana, Škuc, 2003.
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