miércoles, 10 de agosto de 2016

Dane Zajc, Mi bella aldea

La aldea donde transcurrió mi infancia es bella. Una de las más bellas que haya visto. Pero la naturaleza y las personas son dos estrellas que se han arrancado una de la otra. Por eso para mí, la belleza de mi aldea siempre tiene para mí algo de un horror soterrado. Porque en estos parajes injustamente bellos han ocurrido cosas que marcaron toda mi vida y sin duda también mi manera de verla.
Lo que golpea la infancia tiene consecuencias inconmensurables. Llegó con la muerte, segadora despiadada. Y luego con el fuego que es hermano de la muerte. Y con el tiempo, que primero dispersó lo devastado y luego igualó esa dispersión de una forma por fuera de lo humano.
Debo decir que no me fue concedida una infancia bella; experiencias extraordinarias y oscuras abonaron mi infancia, experiencias que sólo son comunes a todos en la medida en que también la muerte, como final de cada vida, es común a todos. Durante mucho tiempo ignoré que esas experiencias eran demasiado fuertes, que su violencia haría tambalear mi vida adulta.
Presencié atrocidades que me pusieron ante enigmas que mi mente infantil no podía resolver. Quedaron en mí como una oposición irreconciliable que se anudó conmigo, de modo que no puedo mirar las cosas con los ojos de la gente que ha crecido en condiciones normales. Algo es seguro: el miedo, que merodeaba los juegos infantiles, me marcó a fuego. Conocí lo efímero de los engaños que hacen posible creer en la vida.
El mundo al que me acerqué era diáfano, limpio, claro y sencillo. Un enorme globo azul cielo al que debía entrar, que crecía más y más. Pero, como ya dije, di mi primer e inseguro paso infantil bajo el signo de la violencia. El gran globo tentador reventó cuando fue tocado por el dedo de la verdad. Derramaba odio y sangre. A todas estas experiencias tempranas, que son una sola y gran experiencia, las llamo mi alma, porque se emposaron en mí como un vasto páramo. Desde ese páramo me mira un sinnúmero de gente que me cuenta qué es el bien y qué es el mal, es el llano moral que lleva mis actos, el lugar, desde el cual acuño mis imágenes.

Después de cuatro años de soñar con la libertad bajo una ocupación criminal, mucho me ha demostrado que la libertad, en el sentido en que la buscaba, era un ideal que luego de un breve lapso me esclavizaría de un modo más profundo y fundamental que todos los años de ocupación que en su útero sangriento albergaba sin embargo la crisálida de la esperanza. Si la libertad no significó la liberación, si fue una chapucera a la hora de echar a andar a la esperanza, que no la necesitaba, entonces confirmó aquello frente a lo que se rebela nuestro principio vital: que somos siervos de un proceso en el que nuestro pensamiento, e incluso nuestra presencia, no significan nada.

Traducción de Florencia Ferre

Dane Zajc (Zgornja Javoršica, 1929 - Ljubljana, 2005)
Publicado en 1969.

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