Cuando conocí a mi novia, ella escuchaba siempre música nacional. Enseguida me gustaron su franqueza y espontaneidad. Las conversaciones complicadas la aburrían. Era partidaria de la pureza. Despreciaba profundamente a la gente que pagaba sólo su propia bebida. Y si los que estaban borrachos no cantaban, los mandaba a aullar al dentista. (¡Ja, ja!). Cuando leían libros aburridos, les proponía aparecer ella en la tapa. Y si no se reían de sus chistes, eran estúpidos mojigatos.
Yo era bastante callada, no pagaba ni siquiera mi propia bebida, menos aún cantaba y siempre pasaba sus bromas por alto y ni hablar de reírme de ellas. Pero cuando en la pista de baile a media luz se oyó: solitaria, solitaria, herida llevas el alma, ella se acercó a mí y me dijo: “¿No vas a bailar? ¿Viniste solamente a gastar aire, o qué?”. Me agarró del brazo. Cuando me paré me apretó fuerte contra ella y me besó. Así se convirtió en mi novia. Y yo en la suya. En el acto. Después, claro, nos enamoramos. A su lado me sentía segura; protegida como una especie en extinción. A mi novia le gustaba hablar fuerte, y si alguien me hubiera ofendido, se habría puesto enseguida de pie y habría empezado a los gritos. Pero nadie me ofendía, y eso, sin embargo, no menguaba su buen corazón. También armaba un revuelo cuando nadie sabía por qué; ni ella misma. “No hay que perder la práctica”, tenía la costumbre de decir. Y se ejercitaba a menudo en algunas cosas. Apuesto a que aún hoy es capaz de cambiarse el tampón de pie en la parada del autobús. En catorce segundos conseguía cambiarse el tampón y encima reírse de la vergüenza que les daba a sus amigas. “¡Sólo catorce segundos! ¡Si esto no es igualdad de derechos...!” se ufanaba. ¿Igualdad de derechos con respecto a quién? se preguntaban siempre sus amigas.
También le gustaba comer. A medianoche pidió una milanesa rellena a la Liubliana en un restaurant y yo bebí jugo de manzana. El mozo trajo la milanesa y dijo: “Aquí tiene el señor” y a mí, con la bebida: “¿La señora no va a comer?” Mi novia se rió con ganas como si yo fuera a terminar inevitablemente entre señoronas y amas de casa, en el grupo de algún tipo de gente inferior. Pero después yo también me rapé y desde entonces no pudimos ir más a la peluquería de damas, nadie nos levantaba si hacíamos dedo; en las discotecas, los borrachos nos empujaban y nos provocaban al son de: eh, dale, putos, a ver si les queda algo de hombres, y ni se nos ocurría pensar en entrar a un baño público. Una vez, cuando nos acusaron de travestis del género femenino, sea lo que fuera que esto significara, mi novia dijo que ya era suficiente y que me pusiera seria y me vistiera como lo hacía mi género, que me iba a querer de nuevo igual que antes, y que ella en realidad no se vestía como varón. Ella no. “A mí me gusta vestirme así... deportiva”, insistía. No aceptaba objeciones.
“No me digas que no, porque no lo tolero”, me advertía. “Si escucho no, pierdo la cabeza.”
Cuando de nuevo se nos veía, al menos de lejos, como una pareja heterosexual común y corriente, mi novia estuvo de nuevo segura de sí. Su confianza en sí misma creció.
“Ves”, me decía, cuando descansábamos en un banco del parque de la ciudad cerca del policlínico y apoyaba su cabeza en mi regazo, “ves que en realidad no soy distinta. A mí no me han privado de ningún derecho. Soy como la mayoría.”
De nuevo tenía razón. Era como la mayoría. Y como la mayoría se emborrachaba los fines de semana; en casa se calentaba con lesbianas, en la cantina invocaba a Hitler para que acabara con este hato de putos no eslovenos, maldecía a los políticos codiciosos y corruptos y de vez en cuando iba a caminar por alguna montaña. Y cuando compraba el diario, tiraba inmediatamente todos los suplementos al papelero. Y si estaba de buen humor, iba a pasarla bien a una fiesta de su calle, y si estaba triste, se iba a pasarla bien a una fiesta. En esa misma calle.
Y como la mayoría nos fuimos en verano al mar, tan lejos habíamos llegado juntas, pero nunca más lejos que Istria, dado que el agua salada es agua salada en todas partes y las piedras son sólo piedras. Fuimos al mar y ahí fuimos... ¡normales! ¡Pero es que eran vacaciones! Ya el primer día discutimos por la playa. Ella quería ir a aquella playa de hotel con pequeñas piedritas al lado de la piscina, con amplias reposeras y niños alborotados; yo, en cambio, quería ir a la playa nudista, agreste, con filosas piedras bajo los pinos. “No”, dijo mi novia y como siempre no aceptó objeciones, “no voy con vos y punto. No vine tan lejos de vacaciones para sufrir entre las piedras y desnudarme ante los desconocidos.” Y al segundo día se sentó sola en una reposera de la playa del hotel, leyó el diario de la tarde, bebió cerveza y escondió su rabia bajo los oscuros anteojos de sol. Y bajo el golpe del sol del mediodía algunos hombres detrás de la barra se preguntaron: pero a santo de qué hace chistes este tipo con corpiño y se sienta al borde de la piscina en presencia de niños inocentes. Hasta que a uno se le ocurrió que semejante loco debía de ser extranjero y con eso terminó el debate sobre el contenido desconocido del corpiño. Pero mi novia no escuchó todo eso. Y yo tampoco, porque entonces estaba sentada desnuda bajo los pinos y leía un libro grueso de literatura, sin la fotografía de mi querida en la tapa, a causa de lo cual se me escapó una sonrisa. Nunca se enteró de que de cuando en cuando me reía sola de sus malos chistes.
En otoño quisimos buscarnos un departamento. Tan lejos habíamos llegado. Pusimos un aviso en el que decíamos ser dos pacíficas estudiantes, pero en algunos lugares no tomaban parejas de estudiantes en un departamento, porque temían un eventual embarazo, como nos contaron, y, en otros, no querían dos varones juntos porque supuestamente no ordenaban nada. Cuando, un día, bien entrada la tarde, estábamos casi desahuciadas y mi novia ya quería quedarse en casa de los padres, y yo en cambio sentenciarme a la vida con compañeras de departamento, nos arriesgamos a buscar uno más. Así llegamos hasta una gran casa en Jarše, donde tenían varios cuartos con entrada independiente. En el huerto, había un hombre y una mujer mayores agachados. Primero nos vio el hombre; enseguida dejó de cavar, se apoyó con descaro en el mango de la pala y nos miró de arriba a abajo. Ante nuestro saludo se irguió también la mujer, que embolsaba con el delantal los pepinos que acababa de recoger y fijó su mirada en nosotras igual que el hombre.
“Buscamos cuarto”, dije.
“Saben,” comenzó la mujer, avanzó hacia la tina y dejó caer el delantal, de modo que los pepinos cayeron a la tina y su increíble delantal mostró toda su amplitud. En él estaba escrito: el hombre es feliz lijando, y la mujer, cocinando. “Saben cómo es. No nos gusta tomar chicas, porque usan demasiada agua. Siempre refriegan y estrujan algo, y algunas se lavan la cabeza casi todos los días.”
No dijimos nada.
“Así que…” la mujer se encogió de hombros. “A vos te daríamos un cuarto, a vos mejor no.”
No fue necesario adivinar a quién le darían un cuarto y a quién nada.
Con los restaurantes, el mar y el departamento la cosa más o menos iba bien. Algo completamente distinto era ir a una fiesta juntas.
Yo y mi novia pasamos el fin de semana en las montañas, no lejos de Liubliana. Sudamos abundantemente, comimos abundantemente y luego alquilamos un cuarto privado y tuvimos abundante sexo. Nos duchamos, nos vestimos y fuimos a una fiesta de sábado. Fue una sorpresa… para mí. Fuimos a parar a un local nocturno, donde había muchos hombres y un puñadito de mujeres, tan provocativas que me parecían travestis. Probablemente yo fuera la única ahí que no era ni varón ni mujer. Pero mi novia sabía ser todo.
La función comenzó cinco minutos después de la una, cuando ya todos –los hombres, las mujeres y yo– estábamos reunidos alrededor de una baranda semicircular un poco levantada por arriba del escenario hundido. Resultó que la mayoría de los que antes se veían como travestis, eran bailarinas de estriptís. Y que mi novia conocía a casi todas, ya que en medio del show las llamaba por su nombre, les hacía muecas con la lengua, durante la pausa les puso billetes enrollados en el corpiño y de vez en cuando también a mí me palmeaba el culo de excitada que estaba. Cuando pregunté cuidadosamente cuántas salidas tenían todavía estas señoritas hasta el final, me abrazó salvajemente y me susurró con los labios en mi oído: “Ni se te ocurra…”
Cuando empezó el número, me agarró fuertemente del brazo, para que no me le escapara, o quizá para quebrar mi obstinación. Esa vez ya sabía que no tenía sentido contradecirla. Habíamos ido demasiado lejos.
Tetas, ombligos, celulitis, tacos y conchas aparecían aquí y allá bajo el fulgor del neón en el cuerpo más o menos feliz de las mujeres; al menos así parecía, a juzgar por los gritos y susurros del público, y también mi novia murmuraba entre medio uf, cómo le daría, dale, así, así, pero te dije, abrítelo, puta. Como si sus palabras fueran hechizos, algún conjuro aprendido, que recitara al desfilar las nudistas.
Las vacaciones en el mar, la búsqueda del cuarto de alquiler y la visita al club nocturno; hasta ahí todo era habitual. Pero lo que más sobresalía entre nosotras era lo romántico. Cuando cumplimos tres meses –lo que resulta un cuarto de año entero–, era preciso celebrar. Mi novia ya sabía cómo se hacían estas cosas, porque resolvía todos esos tests de “revistas de minas”, como las llamaba con desprecio, y ante la pregunta acerca de qué le regalan a su amada para un aniversario (A. Olvido el aniversario; B. Le traigo una rosa; C. La invito a una cena romántica con candelabros; D. Ninguna de las anteriores) siempre elegía la C. Tenía 70 de 72 puntos posibles; en suma, una romántica empedernida. “¿Ves?”, me dijo orgullosa “¡acá dice que tenés suerte de tenerme! Las minas se pelearían por mí, si supieran”. Además de eso, tenía 67 puntos en el test ¿Es usted honesto?; apenas 14 puntos en ¿Es usted celoso por naturaleza? y 110 puntos de 90 en el test ¿Sabe tomar sus propias decisiones?
Y luego, en aquella, nuestra cena de celebración, nos emborrachamos, derramamos la bebida y mi novia, cada vez que el mesero malhumorado venía a repasar la mesa, decía: “¿Qué pasa? ¿Mi dinero no vale, eh?” No supimos entonces si nos habían tomado por putos, camioneras o apenas una pareja normal de borrachos; borrachas y todo nos dimos cuenta de cuándo fue necesario levar anclas y zarpar. Y nos fuimos a Metelkova entre los nuestros. “¿Pero cuáles nuestros?”, dijo mi novia. “Los míos están en casa. Los míos son mis padres, hermanas, hermanos, tías y sobrinos. Ésa es mi gente. No putazos y bomberos.” Y después de este prólogo muy poco prometedor a la pelea en común, descubrimos –finalmente y más rápido que de costumbre gracias al alcohol– que nos teníamos hartas una a la otra desde hacía mucho tiempo y nos fastidiábamos desde hacía meses. Ya de camino a Metelkova nos devolvimos las cadenitas que nos habíamos regalado, junto con los anillos que acabábamos de darnos para el cuarto de año, y no nos olvidamos de intercambiar algunas duras palabras en el estilo de “eso de veras no lo aguanto más”, “nadie me había cagado tanto”, “me arruinaste al menos tres años de vida, lo vas a lamentar”, “¿alguna vez vas a pensar en mí cuando estés con otra?”
Y cada vez que en un local de lesbianas se deja oír solitaria, solitaria, herida llevas el alma, cada una repite para sus adentros que esta letra dice algo muy cierto, pero al mismo tiempo y en voz baja nos preguntamos: ¿acaso habrá pedido ella la canción para mí?
Tan lejos había llegado esta historia de la relación íntima, esta simbiosis de una persona con otra.
Traducción de Florencia Ferre
Suzana Tratnik (Murska Sobota, 1963)
De Na svojem dvorišču, Ljubljana, Škuc, 2003.
De Na svojem dvorišču, Ljubljana, Škuc, 2003.
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